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Historias de Rock con el 8: P.O.D. Veritas.

La vida, sobre todo en los últimos tiempos, se ha bifurcado en el sentido socrático: por un lado tenemos a nuestra gente cercana, a nuestra familia elegida o impuesta—vivan a cien metros o a mil kilómetros de nosotros—, y por otro tenemos el mundo de las ideas, un grupo de mentores, de héroes (en el sentido más clásico), que nos marcan el camino a seguir.

Recientemente ha caído uno de mis héroes, Paul Auster, y mi obligación como juntaletras es rendirle el homenaje de guerrero que se merece.

Por Teodoro Balmaseda
La parada del mes: P.O.D. Veritas. 2024.

P.O.D. quiere decir payable on death, algo así como «a pagar después de la muerte». Me mola el nu metal, me molan estos tíos —ya hablé del Satellite hará como tres años—, acaban de sacar disco, y cuando hablo de discos nuevos mi maño favorito Santi Pekeño Ternasko se pone a saltar de alegría, y, además, el significado de su nombre me da un poco de juego con la efeméride. ¿Qué más se puede pedir?

Drop parecía que iba a arrancar flojo, pero suenan guitarras eléctricas mientras cojo aliento para romper a teclear frenéticamente, tan rápido como me dan los cuatro dedos que uso.

Me llama la atención, por no decir que en cierta manera me toca los cojones, el estereotipo de escritor/a que cuando le preguntan por sus inicios empieza a hablar de primaria, del jardín de infancia, o hasta de la incubadora pegados a un boli, como si la divina providencia los hubiera elegido genéticamente desde los albores de los tiempos a contar historias. Alguna vez, en medio de la Candelarias Tour, lo he hablado con Isra en alguna ocasión: ojito con las vocaciones tardías.

I got that es una mezcla de Linkin Park con las guitarras de Black Sabbath. Me encanta, no podría gustarme más en este momento. Rabia lenta, Stoner rap metal pasándome por las venas. Afraidto die es el meollo de la cuestión. Vengo de colegio de monjas, y me metieron a martillazos el canguele al muérdago. Lo voy más o menos convirtiendo, pero la sensación de suelo frágil bajo mis pies de la pérdida, cuando me ha tocado vivirla… eso no se va.

Alguna vez he compartido experiencias de mi infancia y mi primera adolescencia en esta especie de terapia que nos traemos en la conexión riojano-aragonesa, y casi ninguna es buena. Puede que yo sea un agonías, pero me niego a mentir. Para mí, de crío el colegio era una cárcel. Iba bien temprano por la mañana, dos horas antes de lo que me gustaría; volvía a comer —bueno, a desesperar a mi madre porque no me gustaba nada—, y de vuelta al talego, donde, ya anocheciendo, volvía a aparecer con una buena metralla de deberes, no sea que por un momento me olvidase de que al día siguiente me tocaba otra de lo mismo.

Breaking amenazaba con un toque Deftones, pero no, guitarras afiladas y rapeos. Es mi rollo, y es exactamente lo que necesito.

Si pudiera encontrarme con mi versión de ocho o diez años y le dijera que soy escritor… las carcajadas se iban a escuchar en Roma. Los libros eran grilletes de las cadenas que no me dejaban ser libre, entendiendo por libertad hacer la colección de cromos, oír por la radio el partido del Logroñés, ver los Power Rangers y ponerme hasta el ojete de nevaditos. Si mi versión crío me viera salir a correr a dos grados (o a treinta y cuatro) y leer al ritmo que lo hago, fliparía.

Lay me down tiene el poso de los P.O.D. del Youth of the nation, o el Boom. Una sección musical donde no hablo mucho de música para no interrumpir la catarsis. Y Santi que no me manda a cagar. ¿Soy o no soy un crack?

Mi epifanía llegó a los veinte o veintiuno. Apareció un colega con un libraco que no era para calzar un frigorífico, era para calzar la Torre Eiffel. Cuando me propuso que lo leyera, me quedé mirándolo como si le estuviera dando un telele, así que me propuso leer veinte páginas, y si no me gustaba, devolvérselo. Me encantó. Estuve hasta la madrugada leyendo, y me levantaba para seguir leyendo. Era el Brooklyn Fallies, y tuve ese momento donde las nubes se abrieron y el sol brilló sólo para mí durante unos segundos.

Con la misma fuerza que P.O.D. berrea I won’t bow down, en mi mente se dibujó: Eh, eso puedo hacerlo yo. Y hasta hoy, miles de líneas después. Me sigo sintiendo fuerte y con ganas y, mientras Santi no me diga nada…

Todo el mundo ha oído aquello de «no conozcas nunca a tus ídolos», y yo lo suelo cumplir bastante. No suelo ver mucha biografía, ni husmeo mucho en la vida privada y, si tuviera la ocasión de conocer en persona a alguien que admiro… pues igual paso, porque tengo la facultad de cagarla, y el don de caer mal.

Lies we tell ourselves es el momento más rockero, casi punk, del disco. No parece nu metal, y tiene un machaqueo que me ayuda a concentrarme.

El caso es que, hablando de Paul Auster, tuvo un momento insuperable. Su hijo era adicto a sustancias y, en un descuido, su hija (la nieta de Paul) murió por una intoxicación. Su hijo tampoco pudo con la culpa y murió poco después. ¿Qué se añade a eso? Decía Julio Anguita que el problema de enterrar a tu hijo es que, de algún modo, te entierras a ti mismo, porque entierras tu proyección de futuro. No se me ocurre cómo decirlo mejor. Ya no es enterrar a un hijo, es también despedirse de una nieta recién nacida casi. Además, no sé si como un evento aparte o venía todo en avalancha, tuvo un problema de salud que no pudo superar.

Después de lo vivido, tampoco creo que tuviera unas ganas locas por seguir a este lado de la Laguna Estigia. Siempre ando despotricando de las monjas y del evangelio a martillazos, pero una cosa buena tienen: prefiero pensar que la muerte nos iguala, y nos da paz. Si lo piensas, es la única forma de hacer justicia: todos al mismo lado. Es la mejor manera de esquivar dilemas morales. En el caso de Paul Auster, además, su arte trasciende, y prevalecerá. Cada línea que he escrito no existiría sin el Brooklyn Fallies y, mientras yo respire, o mis textos se lean, Auster vivirá.

Por haberme cambiado la vida y haberme mostrado un camino que no sé si es maravilloso, pero es el mío: Paul Auster. Por ponerle música a mi recién estrenada orfandad literaria:

P.O.D. Veritas.

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